domingo, 21 de junio de 2009

LA FLOR DE LA HIGUERA: EL MITO ARQUETÍPICO DE LA NOCHE DE SAN JUAN

Jesús y la higuera, en un antiguo grabado inglés.
Como todos los años, la Noche de San Juan se celebrará a partir de la víspera del próximo 24 de junio. Aunque esta tradición nos llegó desde España y se festeja también en varios otros lados del mundo, equivale ya a algo así nuestro Halloween, en la tradición pagana absorbida por el cristianismo de estas latitudes, pero con una connotación mística y mágica única, tanto así que algunas instituciones universitarias y la propia Biblioteca Nacional vienen realizando algunos importantes encuentros, desde hace unos cinco años, donde se repasan y recrean algunas de las principales tradiciones de esta Noche de San Juan.
Muchas de sus supersticiones provienen del campo, sin duda, como patear el palto o hacer pruebas con papas metidas bajo la cama. Otras suenan a importaciones de las leyendas gringas, como las experiencias del espejo durante la noche sanjuanina, muy parecidas al folklore alrededor de la terrorífica Bloody Mary. Sin embargo, el olor a paganismo es patente en la fecha misma, desde su proximidad con el Solsticio del día 21 anterior, que en el Hemisferio Norte señala el inicio del Verano, mientras que en nuestro Hemisferio Sur, el del Invierno. Coincide también con el Año Nuevo Mapuche o We Tripantu, y con el Inti Raymi o Fiesta del Sol Inca.
Por otro lado, San Juan Bautista constituye una de las figuras más "alternativas" del Cristianismo, dando pie a interpretaciones esotéricas y criptorreligiosas que han servido de argumento a varias novelas y películas, además de algunas teorías controvertidas sobre la fe. Las explicaciones al contenido de ciertos cuadros de Leonardo da Vinci (¡bah, era que no!), también han alimentado mucho estas ideas. En Chile, la Noche de San Juan Bautista se celebraba antaño hasta con una cena, en la que había una comida ad-hoc llamada "Estofado de San Juan", cuya receta a base de cerdo varía según cada pueblo o ciudad.
Se supone, en la tradición, que San Juan se prepara todos los años para bajar cada 23 de junio en su caballo celestial. Sin embargo, Dios se lo impide, dándole una licencia a los pecadores acá abajo en la Tierra. San Juan cae en un sueño profundo y no alcanza a bajar para la hora de su nacimiento, el día 24, quedando esas horas y las siguientes sin su divino resguardo patronal. Por ello, la noche permanece vulnerada a la presencia de los espíritus, benignos y malignos; todos libres y ansiosos de realizar pactos y demostraciones con los mortales, en una jornada de chipe libre para el Bien y el Mal. Ánimas, fantasmas, demonios y criaturas de pesadilla se abren paso entre los vivos, como prisioneros que descubren sus calabozos abiertos.
Hay una de las famosas pruebas de fortuna de la Noche de San Juan que parece ser especialmente pagana y antigua: el mito de la Flor de la Higuera o Flor de San Juan, que tenía popularidad entre las abuelitas de Santiago, en décadas pasadas, pese a tener su origen también en el campo según entendemos. Quizás arraigó en la ciudad dado lo común que era este árbol en jardines y patios de los barrios más clásicos de la capital, antes del predominio de los departamentos y recintos cerrados.
Echemos un vistazo a cuáles son los contenidos culturales de su tradición.
El controvertido "San Juan Bautista", de Da Vinci.
SÍMBOLO DE LA FLOR INEXISTENTE
Hay algo de lirismo en este mito de la Flor de la Higuera. En otros países también se supone florecido el helecho y la hierba, durante esta noche sanjuanina. Es decir, se convoca al milagro de ver florecer lo que, por naturaleza, jamás florece. El poeta nacional Miguel Serrano, fallecido este año, trabajó este arquetipo maravilloso de "La Flor Inexistente", como titula uno de sus más célebres libros: una flor que no existe, pero que, sin embargo, es más real que todas las flores de todos los jardines del mundo.
El símbolo de Serrano, así como la mágica Flor de la Higuera, sería una alquimia esotérica, pagana, arraigada en el leguaje de los signos más ocultos de nuestra memoria sanguínea, del alma. Una flor cultivada y custodiada por las hadas en un árbol que, durante esta época, ni siquiera luce sus frondosas hojas palmeadas. Representa, del mismo modo, una búsqueda eterna, inalcanzable. No tiene principio ni fin, sólo un siempre. De alguna manera, se cristaliza en el contenido cultural de los pueblos cuando eligen una flor como su símbolo nacional, como en nuestro copihue. Y más aún, cuando se convierte en emblema, como la rosa de los Rosacruces, el trébol de San Patricio, la lis gala o el loto de Buda.
El mito de la flor mágica es universal, por lo tanto. Es, acaso, el lirio de hielo, el trébol de cuatro hojas y la Flor de Oro de C. G. Jung; de alguna manera, el mismo principio de la Ciudad de los Césares, el Santo Grial, la espada Excalibur y todas las búsquedas que ponen un pie en la realidad y el otro en la fantasía. Son, pues, esos mitos activos que dan existencia a lo inexistente, tan dinámicos y empinados que generan su propia realidad, superando la barrera profana de esa misma existencia. Que el propio Serrano lo explique, según sus palabras escritas en "El Cordón Dorado":
"El símbolo druida es el trébol de cuatro hojas, considerado hasta el presente como signo de buena suerte y de felicidad. Es una flor inexistente ya. El trébol de cuatro hojas es una svástika que gira, formando un doble ocho, signo de la eternidad, de los nacidos dos veces, de la inmortalidad conquistada en el duro combate. Es también un carbúnculo caído del cielo. Es el Gral. Simboliza, además, la división en cuatro de la sociedad y la armoniosa organización del mundo de esos tiempos. El druida estaba sentado en el centro de esa flor".
Me permitiré una frivolidad: algunos recordarán una serie japonesa (muy femenina) de fines de los años ochentas, llamada "Hana no Ko Run Run", que en el mundo hispanoparlante se conoció como "Ángel, la niña de las flores". Contaba la historia de una niña humana pero descendiente de una antigua raza de hadas, que buscaba esta legendaria flor arco iris por todo el mundo, hasta que, frustrada, regresa a su casa y la encuentra en su propio jardín. Era, entonces, su propia Flor Inexistente, la equivalente a la Flor de la Higuera en esta tradición específica de la Noche de San Juan.

La flor, de alguna manera, está entonces en el propio personaje que la busca. No existe afuera. Por eso el hinduismo representa en flores los respectivos chakras de concentración espiritual en el cuerpo humano. Y "cada setecientos años florece el laurel", decían los Cátaros.
FOLKLORE Y MISTERIOS DE LA HIGUERA
No es casual que la higuera sea el centro de este mito, de una Flor Inexistente. El árbol está muy asociado a tradiciones y creencias hispano-arábigas que nos llegaron con la propia Conquista y Colonia. Además de no dar flores pese a su tamaño y belleza, este maravilloso árbol tan frecuente en nuestro paisaje rural y doméstico siempre ha tenido una carga implícita de folklore y misterio corriendo por su sabia blanca, incluso con asociaciones venusinas, como las divinidades Afrodita y Osiris. Por estas fechas de invierno luce desnuda, desprovista de sus hojas, lo que le da un aspecto siniestro y casi mortuorio, con ramas como dedos esqueléticos. El árbol Bodhi donde meditó Buda, habría sido también una higuera, y se la cree hogar de duendes y gnomos, muchos de ellos malvados, por lo que se recomendaba a los niños evitar acercarse a estos árboles si no estaban bautizados. En documentos coloniales de la inquisición peruana, reproducidos por don José Toribio Medina, el Diablo se aparece posado sobre una higuera. Y en "El Folklore Chileno" (1946), Oreste Plath escribió:
"La higuera ha tenido papel preponderante en el folklore de todos los pueblos, no ya por sus virtudes narcotizantes o hipnóticas, sino por la magia que ha inspirado a la mentalidad popular. Se ha dicho que fue el Árbol de la sabiduría de cuya fruta comió Adán en el Paraíso terrenal, y que bajo la higuera se ocultó el primer hombre después de su caída".
Las leyendas sobre sus símbolos y episodios de orientación religiosa -o criptorreligiosa- son muchas. Santa Isabel, madre de San Juan, habría anunciado a la Virgen María la venida al mundo de su hijo encendiendo una higuera. Juan nació entre la transición del 23 al 24 de junio, en su noche. Irónicamente, Judas, el discípulo traidor, se habría colgado de una higuera, según otro mito cristiano. En la tradición chilena proveniente de España, como hemos dicho, las ánimas en pena roban los frutos verdes de las higueras, especialmente en la Noche de los Muertos, como lo asegura un canto popular reproducido también por Plath:
Ánima bendita que andai
penando bajo las higueras
comiéndote las brevas verdes
y dejando las maduras.
Recuerdo también que mi bisabuela alcanzó a contarme, en sus más avanzados años, la razón por la que el árbol da dos frutos al año: la breva y el higo (la higuera brevera), virtud que le elogiaba el Abate Molina por allá por el siglo XVIII. Supuestamente, sus ramas caídas y colgantes habrían servido para que, en una ocasión, la Virgen María y el Niño se ocultaran tras ellas eludiendo a sus captores romanos. En premio, se le concedió al árbol la propiedad de dar dos frutas distintas, en ocasiones distintas del año. Plath tiene otra explicación legendaria para este talento:
"Acompañando San Pedro en sus peregrinaciones a Jesús, se sabe que el Señor sintió sed y el discípulo le ofreció una jarra que contenía jugo de uva.
Jesús, al probar este sumo, manifestó el deseo de saber de qué fruto se exprimía ese líquido.
San Pedro, temeroso de que el Señor tomara alguna medida contra la lagrimilla, exclamó: es un jugo que se extrae de un fruto que da la higuera.
Y al momento Jesús dijo: que este árbol dé entonces frutos dos veces al año.
He aquí que por una mentira de San Pedro, las parras no dan uvas dos veces al año".
La botánica, en tanto, enseña que la higuera o Ficus carica de los científicos, no da ni flores ni frutas en el sentido estricto: los equivalentes a ambos son, en efecto, sus particulares y sabrosos productos de la breva y el higo. El "milagro" las hace brotar sin flor, algo equivalente a nacer sin haber sido gestado; un mecanismo que desafía a el conocimiento y el convencionalismo empírico. Por cada higo o breva, por cada fruta de la higuera, hay entonces una Flor Inexistente, una flor que nunca estuvo presente y que, sin embargo, rindió frutos, fue real; más real que todas las flores de todos los jardines del mundo. Frutos que, a su vez, nunca fueron flores. Existen, pero no son reales, al inverso de la flor que existe, pero no es eral.
Así pues, la naturaleza nos ha entregado un símbolo hermoso para comprender o asimilar al menos, los misterios profundos de la Creación. Quizás eso mismo haya reforzado el sentido de confrontación entre Bien y el Mal que le atribuye el folklore con tanta insistencia a este árbol.
Julio Vicuña Cifuentes, en su trabajo de 1915 titulado "Mitos y supersticiones recogidos de la tradición oral chilena", reproduce alguna cantidad importante de leyendas santiaguinas asociadas al árbol, más allá de la Noche de San Juan. Por ejemplo, se la recomienda en un brebaje de tres palitos de higuera, a las mujeres a las que se les "seca" la leche durante la lactancia. Supuestamente, tendría alguna relación "láctea" la savia lechosa y blanca del árbol. También dice que serviría para secar el ombligo de un recién nacido colocándole el pie sobre la corteza de la higuera y cortándola a la luz de la Luna Llena. Cuidado con su sombra, sin embargo: el que se duerme bajo ella, muere, como habría pasados ya a muchos.
LAS HIGUERAS BÍBLICAS
Considérese además, un vínculo milenario de la higuera con los pueblos bíblicos, pues su origen se remonta a los territorios del Asia Sur-Occidental, las tierras de los profetas, desde donde pasó al Mediterráneo y luego al mundo entero, pudiendo tratarse de uno de los primeros casos de domesticación agrícola en la historia de la humanidad, según lo han confirmado ciertos hallazgos arqueológicos.
Estando presente la higuera ya en las antiguas sociedades bíblicas, no extrañará tampoco que aparezca desde las primeras páginas del Antiguo Testamento, cubriendo a Adán y Eva en el Génesis 3:7:
"Abriéronse los ojos de ambos, y, viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores".
Curioso símbolo es el que las hojas de higuera hayan quedado en el pubis de ambos enamorados: en el núcleo del Chakra Svadhishthana para el brahamanismo de la India, precisamente donde está la capacidad de crear y reproducir, representada en una flor de seis pétalos en la línea de Kundalini, la mismísima Serpiente del Paraíso. Serrano la consideraba el símbolo de nuestra posición nacional en el mundo, en el Kundalini planetario, pues Chile se halla en el globo terráqueo, en la zona equivalente al "sexo del mundo", según sus propias palabras. Es el sitio donde florece la higuera, precisamente.
Sin embargo, las sagradas escrituras dan también un valor preponderante a la higuera entre los demás árboles, más allá de las meras menciones, al ser postulada por sus congéneres a tomar la corona del reino vegetal junto al olivo, la vid y la zarza, a juzgar del texto de Jueces 9:10-11:
"Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú, reina sobre nosotros. Y respondió la higuera: ¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles?".
¿Y por qué el árbol nos da flores "inexistente" y frutas "irreales"? Quizás porque el mismo Jesús lo dispuso así, según el Evangelio de San Marcos 11:12-14, cuando lanzó un anatema sobre una pobre higuera que acabó secándose por completo:
"Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si tal vez hallaba en ella algo; pero cuando llegó a ella, nada halló sino hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces Jesús dijo a la higuera: Nunca jamás coma nadie fruto de ti. Y lo oyeron sus discípulos".
San Mateo es más literario para describir este pasaje, en 21; 16-22:
"Volviendo muy temprano a la ciudad, sintió hambre. Vio una higuera junto al camino, se acercó a ella y no halló más que hojas. Dijo entonces: "Jamás brote de ti fruto alguno". Y la higuera se secó al instante".
Cuesta comprender el símbolo, pero en los tiempos bíblicos, la higuera era la representación de Israel, de la Gran Sinagoga. Por eso, este árbol no representa mal agüero entre los judíos, sino paz y prosperidad. De alguna manera se interpreta por algunos, a su vez, que Jesús ha maldecido al país de los patriarcas, a los potentados del Templo de Israel y a toda su época. Alegóricamente, le juzga por su infertilidad, condenándolo a jamás producir frutos. Y, como hemos visto, los frutos de la higuera existen, pero no son reales; mientras que las flores de la higuera no existen, pero son reales... Era, pues, el tiempo de la extinción de la Era de Aries y el inicio de la Era de Piscis, señalada con el advenimiento del Cristianismo.
Higos y brevas secas, en venta en el Mercado de Estación Central.
EN LA HISTORIA DE SANTIAGO
Desde temprano en la Colonia existen las higueras en los valles de la cuenca mapochina y otras regiones. De ahí la frecuencia con que aparecen en la toponimia sitios llamados La Higuera o Las Higueras. Una gran cantidad de estos árboles se encontraba, por ejemplo, en las proximidades de Conchalí y de la Cañadilla, actual Independencia, según documentos de mediados del siglo XVI comentados por J. Abel Rosales en "La Chimba Antigua, historia de la Cañadilla". Así, a poco de haber sido introducidas, las higueras éstas ya eran parte de la floreciente ciudad, tanto en su interior como en su entorno rural.
La producción higuera tuvo, además, una clientela fiel a su consumo acá en Santiago, como lo confirman algunos autores de época, colocando al higo entre las frutas que eran más apetecidas por la sociedad capitalina durante esos siglos coloniales. Hacia el 1800, existía en la Alameda de las Delicias con calle Duarte (actual Lord Cochrane) un concurrido patio de higueras usadas por los transeúntes para descanso y sombra, llamado del Tuerto Trujillo, según escribe Sady Zañartu en "Santiago, calles viejas" (1977). ¡Quién sabe cuántos ritos de noche sanjuanina fueron realizados en esa popular arboleda!... Y quién sabrá si la famosa flor apareció por allí, alguna vez.
En su "Historia Física y Política de Chile", el sabio francés Claudio Gay escribe, hacia 1865, sobre las higueras y los higos chilenos:
"Este árbol alcanza en Chile un grosor colosal. Uno solo basta para cubrir de su sombra grandes espacios de terreno, y aunque sin otro cultivo que algunos riegos produce cantidades de frutas de mucho provecho para el propietario. Se conocen tres variedades: negras, moradas y blancas, y todas producen yemas atrasadas que desarrollándose más temprano al año venidero, dan lugar a higos más precoces conocidos con el nombre de brevas. Ya al principio de enero los chacreros las venden en las calles de Santiago y en el Norte las he comido el 20 de diciembre concluyéndose el 11 de febrero..."
Por entonces, don Benjamín Vicuña Mackenna habría de establecer su hermosa quinta en el sector donde hoy se encuentra el museo que lleva su nombre. Allí, en los patios, habían enormes y voluminosas higueras, bajo cuya sombra caminaron los grandes representantes de la aristocracia de esos años y visitas ilustres como Bartolomé Mitre. Incluso ofrecía cenas y recepciones bajo estos majestuosos árboles. El pueblo también gozaba de su sombra (a pesar de las supersticiones fatídicas que hemos visto), según el trabajo de investigación "Chilena o cueca tradicional", de Samuel Claro Valdés y Carmen Peña Fuenzalida, ya que permitían albergar a algunas de las famosas fondas y chinganas de principios del siglo XIX que funcionaban todo el año.
Más en nuestros días, el robusto vegetal conserva su gusto por crecer sobre terrenos rocosos y laderas, como las de sus tiempos nativos en Persia, Arabia o Mesopotamia, valiéndose de sus poderosas raíces temidas por su capacidad de destruir muros y suelos. Sobre ellas, se levanta hasta unos diez metros de alto, trepándolos por roqueríos, enladrillados y paredes si es necesario. Desde la Colonia y hasta nuestros días, varias murallas y veredas de la ciudad terminaron siendo removidas por la magnitud del daño. Recuerdo algunos muros de los barrios en torno a mi liceo, por San Diego y Avenida Matta, sobre los cuales las higueras que crecieron apoyadas casi como un ebrio, dándole a la rústica arquitectura las formas caprichosas del peso y el daño.

También hay algo de asociación sensual con su presencia. Alberto Blest Gana publicaría su ultima novela en 1864, precisamente titulada "La Flor de la Higuera", de contenido romántico.
LA FLOR Y EL DIABLO
Pero, como decía Nietzsche, para que las ramas del árbol puedan llegar al Cielo, las raíces necesitan tocar el Infierno, de modo que historia sobrenatural de la higuera no está escrita sólo en torno a lo sagrado y lo devocional. El Diablo también la rondará, aunque sea brevemente y en una sola noche del año.
Según la tradición, durante la Noche de San Juan Bautista el invocador debía colocarse bajo la higuera a esperar que su mágica y única flor saliera desde entre las ramas. Otras flores mágicas abren también aquella noche: la Flor del Agua y la Flor del Ajo. Sin embargo, la Flor de la Higuera es la más famosa y apetecida de todas. Algunos decían que se abría ante los ojos del observador, como lo harían esas flores de las cámaras aceleradas en los documentales de botánica. Para otros, en cambio, la flor caía desde las ramas y debía ser recogida como un copo de nieve, acto en el cual se convertía instantáneamente en oro. Si se la deja tocar el suelo, se desvanece y desaparece sin dejar huella, por lo que los brujos recomendaban extender sobre el piso una sábana o manto blanco de ciertos materiales específicos, para no perderlas.
Pero para poder verla florecer también se debería cumplir con un protocolo, según escribe Renato Cárdenas Álvarez en "El Libro de la Mitología. Historias, leyendas y creencias mágicas obtenidas de la tradición oral" (1998), donde señala que, antes de mirar el árbol, se debe observar la Luna para que así salga la flor. Y el escritor e investigador Eugenio Pereira Salas, rescató estos versos sobre los beneficios de su aparición:
Ya con esto no más digo,
florcita de primavera.
En la noche de San Juan
se ve la flor de la higuera;
se ven las riquezas buenas,
como Dios las facilita,
la mañana de San Juan,
hasta el agua está bendita.
Empero, había un problema: en ese breve momento preciso de la medianoche, en el que la flor aparece y es cogida, se presenta también el Diablo, que comienza a rondar el ambiente considerando todo el acto como una invocación a su nombre, por lo que quien ose conquistar la fortuna de la higuera o intente hacerlo siquiera, se arriesga a pagar un alto costo por ella... Uno muy, muy alto.
¿Tendrá algo que ver esta impresión negativa de la higuera con la maldición que el propio Jesús le echara encima, como vimos? Plath comenta en que el mito de la Flor de la Higuera tiene cierta difusión en el continente, sin embargo, y también puede encontrarse entre los indios guaraníes, quienes la esperan para la noche del Viernes Santo. Países vecinos, como la Argentina, también cuenta con gran arraigo folclórico el mito de esta flor.
Es muy raro encontrar higueras en plazas públicas de Santiago, pero existen notables excepciones como ésta, que crece y da sombra en la comuna de La Florida, en una plazoleta del sector paradero 19 de avenida Vicuña Mackenna, cerca de calle Manutara.
¿CÓMO ATRAPAR LA FLOR?
Los brujos centrinos, los de Santiago, especialmente pitonisas, santeras y "meicas" de los barrios más antiguos de la capital, recomendaban antes a sus aconsejados abordar la empresa de atrapar la flor en absoluta soledad, durante la tenebrosa noche. Según las tradiciones orales, la flor se les podía presentar como una especie de luciérnaga: una florescencia luminosa, blanca o amarillenta, que saltaba de rama en rama por la higuera durante un breve lapso de la medianoche. Al agarrarla, había que metérsela en el pecho, entre las ropas, y comenzar a descender cuidadosamente.
Pero la tarea de atrapar esta flor saltarina y resplandeciente siempre era un peligro mortal, no sólo por la potencial presencia del Diablo: el objetivo procura engañar a quien la persigue, yéndose por las ramas más resbaladizas o débiles, para tratar de hacerle caer desde la mayor altura posible. Es decir, para matarlo. La experiencia podía estar acompañada también de gritos de horror, alucinaciones de monstruos y serpientes, y acosos de demonios, todos para perturbar al audaz cazador y frustrar sus planes. Lo peor es, como dijimos, si el propio Satanás se presenta entre las ramas a defender lo suyo e impedir el robo de su joya con pétalos, caso en el cual el desafiado está obligado a darle un combate del que casi no tiene posibilidades de salir vivo, según las más fatalistas versiones de la leyenda, de modo que la persecución de la fortuna de la flor era un riesgo en el que la mayoría de los hombres perdían, traicionados por su ambición, y sólo unos pocos ganaban obteniendo bienestar para siempre, alimentando así las esperanzas de los otros.
Pero, según la versión de Plath, nada de esto llega a suceder y, tras los tormentos, aparecen ante los ojos del atrevido escalador las ramas llenas de flores blancas y hermosas, esas Flores Inexistentes:
"Hay que tomar una sola, la mas hermosa, ponérsela en el pecho entre cuero y camisa, y bajar después con toda tranquilidad. Y no hay que tocarla ni mirarla en toda la noche, ni contarle a nadie que se la ha tomado. Al otro día, ha desaparecido la flor, pero queda la suerte: si es mujer, un buen casamiento con hombre rico; si es hombre, buenos negocios; es decir, en ambos casos la fortuna y la felicidad".
Nunca se sabrá quién la vio o la atrapó, sin embargo: la hazaña debe ser mantenida en el más absoluto secreto, por siempre. Éste pacto o contrato es, acaso, la garantía de perpetuidad del mito.
OTRAS TRADICIONES DE LA HIGUERA
Viví varios años a la sombra de una enorme higuera vecina, que colgaba hacia el lado de mi casa, por allá por Gran Avenida, pero debo confesar que nunca me animé a probar nada. De haberlo hecho, entonces, tendría también mi secreto de niño sobre la Noche de San Juan, hasta estos días. Pero la presencia del árbol me siguió penando por toda la ciudad. En los pequeños patios de las viejas casas del Barrio Matadero, por ejemplo, era común encontrar añosas y retorcidas higueras, de las que siempre se rumoreaba alguna experiencia siniestra. También corrían cuentos sobre árboles que albergaban a espíritus traviesos, que salían a hacer escándalo y a espantar a los durmientes.
Del mismo modo, en las proximidades de los cerros de La Reina, en un conocido sector lleno de leyendas (que van desde pasadizos secretos de Manuel Rodríguez hacia Cuyo, hasta una supuesta cabeza indígena gigante esculpida en una roca), existiría una gran higuera colgante en el borde de un barranco, y abajo del desfiladero, una animita de un hombre muerto. Para la leyenda, la escena se explicaría por sí sola: el infortunado cayó al vacío buscando la fortuna de esta Flor Inexistente, y sólo encontró en su lugar una horrible muerte en tan solitarios parajes.
En la antigua sociedad chilena se creía también, que muchos virtuosos de la guitarra, que aprendían con más facilidad que otros, hacían pacto con el Diablo para dominar el instrumento sin grandes dificultades ni estudios. El procedimiento es fácil y sigue siendo parte de las supersticiones de la Noche de San Juan Bautista: colocarse bajo la higuera justo a las doce, con una guitarra en la mano. Bastaba con eso para aprender a tocarla de porvida. Ciertamente, este procedimiento es mejor que su alternativa: esperar en un cruce de caminos al Diablo para pedirle el mismo favor, porque puede cobrar caro su trabajo o, lo que es peor, retar al beneficiado a un duelo de cuerdas con la recién aprendida guitarra, considerando que Lucifer es un maestro en todos los instrumentos musicales que existen.
Pero no todo favor sobrenatural de la higuera está enredado con la muerte o la magia negra, sin embargo: anticipando algunos ritos parecidos a los de movimientos de moda como la wicca, la Noche de San Juan ha permitido desde antaño que las mujeres puedan obtener el corazón de su enamorado, simplemente pronunciando su nombre y declarando sus sentimientos bajo la higuera de la medianoche. En zonas rurales también se dice que las higueras deben plantarse antes del día de San Juan, o no se afirmarán del suelo y morirán, perpetuando así el objeto central de la larga tradición asociada a este árbol, al que muchos correrán durante la próxima noche sanjuanina, presas de sus ambiciones, audacias o, quizás, del terror profundo.

2 comentarios:

  1. Interesante conocer mitos tan olvidados en el ciber tiempo, en San Vicente de tagua tagua se comentaba que podias entrar a la higuera y coger su flor pactando con el diablo a la medianoche de San Juan. El sabor de higos maduros o secos es aspero y de un dulzor exquisito aunque al comerlos en el ocaso de aquellas tardes campesinas sigmificara ciertamente temor por la forma tenebrosa de largos dedos que sus ramas aparentaban. La flor de lis falta ser mencionada en este magnifico articulo, esta flor es usada por los Templarios cristianos en sus emblemas y super utilizado por walt disney en sus peliculas clasicas, ademas de pertenecer al simbolismo masonico mundial.

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  2. Me gustaría saber las pruebas de que esto existe :c oh de que esto realmente es verdad, si las cosas de cumplen, etc, ect, etc... Si alguien me pudiera ayudar dandome su testimonio!! Gracias!!

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