miércoles, 20 de agosto de 2008

LA HISTORIA DE LA ALAMEDA “DE LAS DELICIAS” HASTA MEDIADOS DEL SIGLO XX

Alameda con Londres, en 1930 (Fuente: Archivo fotográfico de Chilectra)

Coordenadas: 33°26'13.68"S 70°38'7.11"W (inicio) 33°27'30.42"S 70°42'46.64"W (final)

El siguiente texto pertenece al destacado estudioso del folclore y costumbrismo nacional Oreste Plath, y fue publicado en la revista “En Viaje”, edición Nº 183 del mes de enero de 1949, en la sección “Guía Espiritual de Santiago”. A futuro completaremos en otro posteo la historia de la Alameda Bernardo O’Higgins, con la segunda parte del siglo XX y lo que va del XXI, aunque debemos anticipar desde ya, lamentablemente, que este segundo período que Plath no alcanza a abordar, no fue precisamente positivo para ella ni para la ciudad.

La Alameda fue lecho de un brazo del río Mapocho, delineada por un capitán y construida por los muchos prisioneros de Burgos. Su primer nombre fue Cañada. El tiempo transcurrió y por entre tapiales o cercas que fijaban el ancho de esta vía pública, envueltos en nubes de polvo, iban los viajeros montados en mulas, o circulaba la pequeña producción en carretas.

Aquí se levantó la primera casa de Dios y luego se convirtió en cierto sector “de la ciudad de Dios”, por los numerosos templos que se fueron disponiendo en su techo.

La Cañada era como un retablo lugareño y la cristiandad la merodeaba tanto por lo divino como por lo humano, ya que iba llamada por el oficio religioso, como por la necesidad gastronómica. El pueblo asistía al chocolate de las Monjas Claras y a las lentejas de los franciscanos.

En sus cequiones laterales se bañaban los chiquillos; los caballos y tropillas de burros se detenían a refrescarse en sus orillas.

Los herradores y barberos situaban sus bancos de labor bajo los árboles, en amistad con los “puesteros”. En 1800, la Cañada era una feria libre. No había comercio al por menor que no sentara sus reales. Los clientes de las sandías debían llevar sus cuchillos, las cáscaras se arrojaban a las acequias, cuya agua servía también de aguamanil y de lavabo para los que embadurnaban con el jugo de la fruta.

En 1809, se plantan los primeros álamos que llegan a Chile desde Mendoza, Argentina, traídos por un fraile franciscano.

En 1810, la Cañada vio pasar vencedores y vencidos; por ella pasó O’Higgins, humillado una vez y glorioso en otra.

En 1829, el álamo había fructificado muy bien y cuatro grandes hileras se extendían a lo largo de la Cañada.

Violentando la cronología, en 1860 la Cañada había ganado extensión y llegaba hasta una quinta que poseían los marqueses de la Pica Bravo de Saravia, desde donde tomó el nombre de Cañada de Saravia.

Aspecto primitivo, en los tiempos en que aún era La Cañada.

Alameda en 1810. Imagen del artículo original de Plath (1949).

Imagen de la Alameda clásica, publicada en un trabajo de Eugenio Pereira Salas.

Otra aproximación a la ex Alameda de las Delicias en colores, por Orrego Luco.

La abundancia de álamos hizo que a esta vía se la denominara Alameda. Sus calles laterales, adornadas de numerosos templos y de casas que ya comenzaban a destacar su gracia, hizo que se le llamara “Alameda de las Delicias”, porque junto a su belleza –no hay que olvidar que al fondo se destacaba maravillosa la cordillera de los Andes- se comenzaron a ubicar una serie de figurillas y también por sus quintas contiguas, que eran para gozar “de muchas delicias”.

Andando el tiempo, se destacaron las primeras estatuas y fuentes de agua (pilas) y era una verdadera delicia caminar por ella.

Las damas, caballeros y la juventud tenían a esta avenida como el mejor paseo para gozar de la “fresca”.

Los batallones cívicos hicieron aquí sus ejercicios y amenizaron con sus bandas muchas fiestas públicas.

La Alameda tuvo sus grandes noches de Navidad y Año Nuevo. En ambas ocasiones se erigían las bulliciosas “ramadas”, en las que se vendían duraznitos de la Virgen, las brevas, las peras tempraneras, los damascos y albaricoques. Abundaban las ventas de comida, donde se saboreaban las buenas cazuelas a la chilena, las empanadas, los “causeos”, el pescado frito con ensalada de cebolla a taja pluma, el chancho arrollado, lo que se regaba con buen vino. No faltaba tampoco la chicha baya y la horchata con “malicia”.

Y entre el olor a pólvora de los cohetes y petardos, estaban las “fondas”, sitios en que se bailaban cuecas, con su música de guitarras, armas, canciones y palmoteos.

Y así sigue la historia de esta calzada, que ha sufrido numerosas transformaciones. Baste saber que en ella se han desarrollado importantes ceremonias religiosas, especialmente la procesión del Santo Sepulcro; ha sido teatro de sangrientos sucesos; de formidables manifestaciones en masa. Los movimientos sociales chilenos están atados a este cordón verde, con sangre. El pueblo aquí ha encontrado sus armas, sus proyectiles, sacándolos de la pavimentación, de los escaños de madera, para atacar a la policía, por esta razón se cambiaron por asientos de cemento.

En un tiempo se le deseó bautizar con el nombre de Avenida Arturo Alessandri, en recuerdo del Presidente de este nombre, lo que no fue aceptado por el propio ex Presidente. Después se le ordenó llamarla Avenida Bernardo O’Higgins, pero todos la siguen denominando Alameda, Alameda de las Delicias, y se la seguirá llamando así quién sabe por cuántos años más.

Alameda con Carmen, hacia 1885.

Alameda con Carmen, 1923 (Fuente: Archivo fotográfico de Chilectra).

Alameda con San Diego, fachada de la Universidad de Chile hacia 1927 (Fuente: Archivo fotográfico de Chilectra).

Viejos palacios levantados a su vera han ido desapareciendo, para dar paso, lentamente, a nuevas construcciones tipo funcional, pero siempre conservando esta Alameda una estampa más antigua que moderna.

Corren por el centro de este paseo los monumentos, entre los que se cuenta don Bernardo O’Higgins, cuya erección fue promovida por don Benjamín Vicuña Mackenna; al entusiasmo de este patriota se debe también el monumento a San Martín, que se levanta en este mismo paseo y que fue el primero que se hizo en América para honrar la memoria de este prócer argentino; Andrés Bello, el fundador de la Universidad de Chile; el grupo que recuerda a los héroes de la Concepción, obra de la escultora Rebeca Matte; Carlos Walker Martínez, ilustre jefe del conservantismo chileno y gran servidor público; George Canning, estadista británico, amigo de la Independencia hispanoamericana, monumento creado por el escultor Guillermo Córdova; Diego Barros Arana, el historiador que ha encontrado justo refugio en los jardines de la Biblioteca Nacional, que miran a la Alameda; la Le Brun y la Tarragó, las maestras chilenas, obra de Samuel Román; el General Baquedano, monumento ecuestre del escultor Virginio Arias, inspirado en un cuadro del fraile pinto, don Pedro Subercaseaux, y continúan el monumento de los hermanos Amunátegui, Simón Bolívar, Manuel Rodríguez, Miguel Infante, José Miguel Carrera, don Crescente Errázuriz, trabajo de la escultora Anita Lagarrigne, y el de don Abdón Cifuentes, monumento que consisten en un busto de bronce sobre un pedestal de piedra y levantado en los jardines que quedan junto a la Universidad Católica, frente a la puerta de su Escuela de Derecho, es decir, junto a la obra predilecta de su vida y frente a la escuela que honró durante treinta años con sus lecciones; la obra escultórica pertenece a José Carocca y es el último monumento inaugurado en esta Avenida, pues fue erigido el 14 de abril de 1948.

Alameda con Cochrane, hacia 1915 (Fuente: Archivo fotográfico de Chilectra).

Alameda con Amunátegui, hacia 1925 (Fuente: Archivo fotográfico de Chilectra).

Alameda con San Antonio, en vista con dirección hacia el poniente, 1928 (Fuente: Archivo fotográfico de Chilectra).

Alameda con calle Brasil, hacia 1928 (Fuente: Archivo fotográfico de Chilectra).

Imagen del artículo original de Plath (1949).

Alameda de las Delicias, hacia 1862.

Tendido de líneas en la Alameda frente a la Iglesia San Francisco, hacia 1925 (Fuente: Archivo fotográfico de Chilectra).

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